En este país tan peculiar conocido como España porque de alguna manera hay que llamarlo, vivimos siempre en una permanente campaña electoral. La diferencia con la última quincena antes de los comicios, es que durante esos días nos dan más la tabarra, se dejan ver más, se acercan más a los ciudadanos y encima saludan a los ciudadanos. Todo eso lo hacen sin que nadie se lo pida, y aun así la gente normal, los ciudadanos de a pie, somos capaces de dar la mano y saludar a tan variopinta morralla barriobajera.
Pero el ser humano es así. Tiende a eso, a saludar a gentuza por ser famoso, a pesar de que nos estén hundiendo la vida o sean aspirantes a hacerlo. Porque no se vayan a equivocar ustedes, al final todos lo hacen con unas políticas que no distan mucho unas de las otras.
Llegar al poder es fácil en este país de pandereta, lo difícil es tomar decisiones sin intentar no contar con los votos que están siempre perennes, y para hacer eso hace falta mucha sangre fría y mucha dignidad, cosa que esta asquerosa morralla política no tiene, y eso es lo lamentable. Porque una cosa es jurar por tus muertos que limpiarás los establos de mierda que el anterior inquilino ha dejado y otra descubrir, una vez dentro, que la suciedad acumulada incluye mecanismos útiles para gobernar maquillándote la cara con cemento cada mañana. Da igual el partido que lo haga, el que llegue llevará tiempo denunciando los excesos del que se va, que la concepción patrimonial del poder y las prácticas incompatibles con una democracia saludable. Pocos lúcidos niegan eso. El problema llegará cuando los mismos botones que parecían repugnantes cuando los pulsaba el anterior inquilino resulten tentadores cuando estén al alcance del propio dedo.
Imaginen el asunto, ya que no es muy difícil de imaginar. Si cambia el inquilino de la Moncloa el que, entre nuevo a ese lugar, cuando cruce la puerta de la Moncloa, se sentará en el mismo sillón, abrirá los cajones y encontrará una panoplia de instrumentos legales, triquiñuelas políticas y precedentes que hasta la víspera consideraba escandalosos. Y entonces podría suceder algo habitual en nuestra historia política: que empezaran las milongas. No se puede cambiar todo de golpe, hay que garantizar la estabilidad, etcétera. Y así, a la hora de revisar nombramientos, mecanismos y facultades ejecutivas, los socios podrían decidir que lo intolerable en manos de los que se han ido, se convierta, bajo control propio, en herramienta imprescindible para restaurar la normalidad.
Y así una legislatura tras otra o varias legislaturas tras otras. En este país de pandereta da igual quién esté en el sillón. Quién entre en ese palacio multicolor que hace olvidar todo lo dicho la víspera conocido como Palacio de la Moncloa, tendrá todo a su alcance para seguir haciendo lo mismo que el anterior inquilino, pero aplicando sus propias políticas. Ése es el peligro, me parece. El sobadísimo ellos también lo hicieron funciona en España como justificación de toda indecencia política. La política española es un bucle cerrado el cual nadie quiere abrir y del que nadie quiere salir, ya que es una forma de entender la vida como otra cualquiera. Todo sigue igual, a pesar del gobierno. España, año 2026.
Bueno, así que os espero, para que me comentéis en profundidad, lo que pensáis
o queráis a blogueros como yo. Un saludo.
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